QUE
APURO HAY
Por Ana Laura Pérez
El
británico Carl Honoré, autor de un reciente
ensayo sobre el aceleramiento de la vida actual, dice que hay que aplicar
el tiempo justo a cada actividad y poner
límites al uso de la tecnología.
Festina
lente (Apúrate lentamente) recomendaban los romanos. ¿El
problema de cómo manejar el tiempo es tan actual como parece?
La enfermedad del tiempo existe desde hace décadas, pero ha pasado
a ser un problema muy arraigado y my agudo desde los últimos
diez años. Históricamente, la aceleración de la
vida cotidiana empezó en el siglo XIX con la industrialización
y distorsionó nuestra relación con el tiempo. En estos
150 años la cultura de la aceleración y la velocidad nos
trajo más beneficios que males. Siempre hubo opositores a estos
cambios: los románticos, los hippies, los trascendentalistas,
pero fueron marginalizados. En los últimos 10 años, sin
embargo, el equilibrio se alteró: la velocidad daña más
de lo que beneficia. Una manifestación de esto es la exasperación
neurótica en relación con el tiempo.
¿Qué se entiende exactamente por enfermedad del
tiempo?
En 1982, e l médico estadounidense Larry Dossey acuñó
ese término para hablar de la creencia obsesiva de que el tiempo
se aleja, de que no hay suficiente y de que hay que pedalear cada vez
más rápido para mantenerse a su ritmo.
¿En qué ejemplos piensa?
Hoy todo el mundo sufre de la enfermedad del tiempo. Hace poco, una
revista femenina en Italia empezó a publicar el tiempo estimado
de lectura. De manera que al leer una nota sobre la celulitis uno pena:
¿esto merece 3 minutos 49 segundos de mi tiempo? La semana pasada
tropecé con una revista dedicada a la pareja y uno de los titulares
era Dale un orgasmo en 30 segundos....¡hasta hacemos el amor con
un cronómetro!
¿Qué fue lo que aceleró tanto nuestras
costumbres?
Son tendencias históricas que vienen de muy lejos, desde que
en el siglo XII el reloj público en los pueblos comenzó
a alterar el comportamiento de los ciudadanos. Pero si tengo que señalar
un momento central es el del desarrollo de la informática, porque
generó una sociedad de 24 horas los 7 días a la semana.
El cambio fue brutal. Ahora parece impensable, pero hace diez años
uno salía de la oficina y nadie lo podía contacta. Ahora
es de lo más común que suene el telefono mientras se disfruta
de la playa o un paseo.
¿Puede adjudicarse este cambio sólo al desarrollo
tecnológico?
No. En paralelo tenemos el desarrollo del turbocapitalismo, como se
denomina a la aceleración económica y política
que lleva a la gente a trabajar muchisimas horas a costa de ser más
improductivos, cometer más errores, enfermarse y ser menos felices.
El resultado es que existimos para servir a la economía.
Ante tendencias de esta magnitud, ¿sirve sólo
la respuesta personal?
Tenemos que avanzar por lo individual y lo colectivo. Hay muchas cosas
que uno puede hacer para salir de este túnel de la modernidad.
Per también las empresas tienen que reestructurar aspectos de
su relación con los empleados. Y les conviene hacerlo porque
las enfermedades laborales han crecido exponencialmente. El caso paradigmático
es Japón, donde el karoshi (muerte por exceso de trabajo) mata
a miles de personas al año. La actual cultura del trabajo está
minando nuestra salud.
¿Cuáles son esas actitudes personales anti - velocidad
que recomienda asumir?
Hay tres medidas. La primer es resistirse a la idea
de hacer más cosas en menos tiempo. Eso es anteponer la cantidad
a la calidad, algo que palpamos en la comida, el trabajo, el sexo...hacemos
muchas cosas, sí, pero: ¿las hacemos bien? ¿Las
disfrutamos? Lo primero es liberar la agenda cuando lo habitual es que
si vemos un hueco corramos a llenarlo con alguna actividad. Cómo
implementarlo depende de cada persona: para unos será menos trabajo,
para otros será dejar de ver algo de televisión. Lo mismo
hay que hacer con los chicos: hay que cortarles las actividades extra
escolares que los hacen correr todo el día.
¿La segunda?
La otra cosa es saber desconectar el teléfono y el mail. Hasta
las mismas empresas tecnológicas están advirtiendo sobre
la degradación de los vínculos, la baja de la calidad
de vida y e la productividad a causa del abuso e la tecnología.
Un gerente de IBM está impulsando la medida de chequear el E-mail
sólo dos o tres veces por día, como máximo. Microsoft
mismo está desarrollando software para permitirle a los usuarios
mayores filtros y frenos al uso el E-mail, de manera de crear huecos
y abrir momentos para reflexionar. Orange, una de las principales redes
de teléfonos celulares de Gran Bretaña, lanzó una
campaña publicitaria cuyo lema es: las cosas buenas suceden cuando
su teléfono está apagado. ¡Hasta ellos están
tratando de poner un límite!1
¿Y la tercera medida?
Controlar la velocidad personal durante el día. Estamos viviendo
rápido por hábito, pero no por necesidad. Muchas veces
manejamos como locos para legar primeros al próximo semáforo
o saltearnos párrafos e os cuentos que leemos a nuestros hijos
para terminar antes. La idea es cuestionarse el porqué se está
haciendo algo tan a prisa.
¿Qué definen las palabras rapidez y lentitud?
Las dos palabras definen para mí son formas de ser y vivir. Rápido
habla de alguien atareado, controlador, agresivo, superficial, estresado,
impaciente y activo. El lento es lo opuesto, sereno, cuidadoso, receptivo,
intuitivo, paciente, una persona para quien la calidad es más
importante que la cantidad. La filosofía de la lentitud podría
resumirse en la palabra equilibrio.
¿No es muy ambiguo como criterio?
Es difícil, si. Para mí, que alguien se alentó,
significa que ese alguien aprendió el arte de cambiar de marcha,
cuándo apurarse, cuándo hacer las cosas con cuidado y,
también, cuándo no hacer nada.
¿A eso se refiere cuando escribe sobre el tiempo justo?
Hay para cada tarea de la vida humana un ritmo natural que cada uno
puede reconocer a pesar de que hemos perdido la brújula con este
frenesí actual. Eso disminuyó nuestra capacidad de reconocer
cuánto tiempo llevan procesos naturales como, por ejemplo, a
qué edad debe aprender a escribir un chico. Ese tiempo justo
es parte de la sabiduría humana, un conocimiento innato en la
especie, que es lo que debemos poner nuevamente en práctica.
¿Cómo?
Con paciencia. En todos los aspectos de nuestra vida (con amigos, con
la pareja o con nosotros mismos) sabemos cuándo algo está
mal, cuándo la cantidad se impone a la calidad y cuándo
nos dejamos avasallar por la corriente.
Movimientos como el de slowfood (que impulsan el disfrute lento de la
comida)
¿son una opción real a costumbres tan arraigadas?
La palabra slow (lento) que ha invadido casi todo el mundo es contracultural.
Slow food recuperó el sentido de esa palabra tabú que
significaba tonto o estúpido. Yo creo que estamos ante el inicio
de una revolución cultural mundial que, paradójicamente,
será lenta. Parece una ironía, pero somos tan impacientes
que queremos cambiar radicalmente de un día para otro.
QUIEN,
QUE
Nacido en Escocia hace 37 años, pero criado en Canadá,
Carl Honoré está radicado ahora en Londres. Su ensayo
Elogio de la lentitud. Un movimiento mundial desafía el culto
a la velocidad (el nuevo extremo) está traducido a una veintena
de idiomas y es un fenómeno de ventas. Honoré estudió
historia e italiano en la universidad de Edimburgo y trabajó
como periodista para The Economist, The Observer, National Post, Globe
and Mail y Miami Herald, entre otros medios.